Jesús Migrante

Jesús Migrante

Tere Becker

Y los buenos me preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te dimos de comer? ¿Cuándo tuviste sed y te dimos de beber? ¿Alguna vez tuviste que salir de tu país y te recibimos en nuestra casa, o te vimos sin ropa y te dimos qué ponerte?No recordamos que hayas estado enfermo, o en la cárcel, y que te hayamos visitado.” Yo, el Rey, les diré: “Lo que ustedes hicieron para ayudar a una de las personas menos importantes de este mundo, a quienes yo considero como hermanos, es como si lo hubieran hecho para mí.

Mateo 25:37-40

María Aura había caminado, nadado, corrido, escapado y llorado no sabe ya cuántos días. El peso de su mochila en la espalda se compensaba un poco con el de su abdomen dilatado a poco más de seis  meses de gestación. Llego a Chiapas exhausta, con su piel morena enrojecida por el sol, con el cabello revuelto en una coleta amarrada en la nuca. Salió de Colombia un mes antes, escapando del peligro, luego de que Ángel, el padre de su bebé, hubiera desaparecido en medio del fuego cruzado entre la guerrilla y la policía.

Sus pies hinchados latían dentro de sus tenis sucios, como si tuviera el corazón en las plantas. Caminaba hacia el frente como por inercia, sin tener un rumbo fijo pero con la esperanza de encontrar algo o a alguien que la socorriera. Ni siquiera sabía dónde estaba, lo único que sabía era que hacía ya un par de horas había visto un letrero que indicaba que había llegado al municipio de Chilón. El dinero y el agua ya hacía rato que se le habían acabado, sus labios estaban secos y el paladar se pegaba a su lengua. Recordaba constantemente el llanto de su mamá y su bendición al despedirla. Habría deseado quedarse a su lado, pero temía por su vida y la de su bebé, por si los hombres que habían acabado con Ángel buscaran silenciarla.

Sus pasos eran cada vez más lentos, sus piernas y brazos le pesaban. De pronto, comenzó a sentir la mirada oscurecerse y como si agua helada le escurriera en la nuca… Luego, despertó encima de un montón de tablas apiladas. Confundida, quiso incorporarse pero la cabeza le dolía.

Los ojos castaños de José la recibieron, su sonrisa amplia era enmarcada por un rostro de bronce y un cabello negro, opaco y lleno de aserrín.

—¡Ya despertaste! Qué susto me diste —dijo, mientras sus manos laboriosa volvían a tallar las tablas de madera —. ¿Ya desayunaste? Seguro que no. ¿De dónde vienes?

—Soy colombiana —dijo—. De Cali.

Esos nombres le parecieron a José completamente extraños. Aún así se acercó y le extendió la mano.

—Soy José López, de Belén, Chiapas — ¿Cuánto tienes?—preguntó mirando su abdomen.

—¡Ah! Voy para siete meses.

Luego desvío la mirada para no seguir hablando, mientras en su mente, repasaba la historia de los motivos y cada situación a los que se enfrentó hasta llegar ahí. Se levantó lentamente, buscando con la mirada su mochila, que aguardaba encima de un montón de palos. La tomó y la acomodó en su espalda.

—Muchas gracias y disculpe la molestia—. Luego, se encaminó hacia la salida.

—¡No, no, no! ¿Cómo gracias? Son 10 pesos. ¡Ah, no te creas! No, ya viene mi tía con algo pa’ comer. Espérate un rato —dijo José, con una sonrisa amplia—. Mira, mientras échate un trago de pozol, es de la mañana pero todavía está bueno.

El jarro contenía un líquido blancuzco y espeso y era la primera vez que ella miraba y probaba algo así pero, aunque era un sabor extraño para ella, aquello le pareció delicioso y fresco.

En tanto esperaba, María Aura tomó una escoba y empezó a barrer la carpintería. Juntó el aserrín, los sobrantes de madera y se sentó en una banca que estaba afuera. Mientras miraba el camino, pensaba en lo mucho que había dejado atrás, en aquellas vecinas que la criticaban por ser una madre sola, en el dolor de haber perdido a Ángel. Se sentía sola, pero hablaba con su bebé y eso la hacía sentirse mejor.

“Ríe, chinito, se ríe y yo lloro porque el chino ríe si mí…”, tarareaba de vez en cuando una canción, mientras se acariciaba la panza.

Luego llego Isabel, la tía de José, con tortillas, frijoles y queso. La miró con extrañeza, y su mirada fue interceptada por la sonrisa tenue de María Aura, a quien llamó su atención la falda de flores y el calzado de plástico. Pasaron unos segundos y sin decir nada, Isabel entró a la carpintería. María Aura no se atrevía a entrar, no sabía qué reacción tendría la tía de José, le pareció una mujer seria y eso la puso nerviosa. Escuchó que ambos hablaban en una lengua que ella no conocía y entonces José la llamó.

—No es de aquí, no sabemos qué mañas tenga —musitó Isabel mientras ella entraba. Dejó la bolsa y salió nuevamente.

Luego de compartir la comida, José le ofreció quedarse en la carpintería y cuidar por unos días, al menos mientras planeaba qué rumbo tomar. María Aura vio esa propuesta como la más grande bendición que podría tener justo en ese momento y, aunque con algo de temor y reticencia, aceptó.

Los días que planeaba quedarse se convirtieron en varias semanas, en las que no fue nada complicado que los ojos de José López se enredaran entre los cabellos crespos de aquella mulata colombiana. Las pláticas vespertinas eran largas, después del café de olla. Aunque Isabel de vez en vez seguía refunfuñando y murmurando, igual que todo el pueblo, porque Belén es una comunidad pequeña, llena de laderas y árboles altos de coníferas, donde el viento corre fuerte, igual que las noticias.

La negrita, como le decían, levantaba sospechas, miradas y suspicacias. Unos decían que era bruja, que su hijo era del malo. Otros que ya conocía a José López desde antes, que el bebé era suyo, que seguro lo envolvió con amarres.

Pero había una niña en el pueblo a quien sólo le parecía curiosa su cabellera, y hasta pasaba cerca de la carpintería diario, sólo para verla. Raquel, de trece años, cuidaba ovejas, apacentaba el rebaño desde la casa hasta el monte y de regreso. Y procuraba pasar frente a la carpintería tan seguido como podía, y así fue que se hizo su amiga.

Era ya diciembre y el frío calaba fuerte en todo el municipio de Chilón, cuyo paisaje lucía desdibujado por tanta bruma. José cargó su burro con palos, para ir a venderlos entre las casas. Con el clima, se auguraba una buena venta pues todos querían mantener el fogón encendido. Mientras jalaba al burro, María Aura lo miraba alejarse por el camino de piedras y tierra, y volvió adentro. Fue entonces cuando el primer dolor le atravesó la cadera. Pensó que sería por el frío, pues aún faltaban dos semanas para dar a luz. Así que se cubrió con un chamarro de lana que tenía José y se acostó sobre las maderas. Poco a poco el dolor fue cediendo pero no pasó media hora cuando regresó de una manera más fuerte. Entonces comenzó a preocuparse. Estaba sola de nuevo, completamente sola. Se cubrió bien el chamarro y se puso en posición fetal sobre las tablas. Aún así, el frío acrecentaba el dolor que circundaba su cadera y su abdomen. Los dolores eran cada vez más constantes y ella en su corazón sólo rogaba porque José regresara lo más pronto posible.

Fue entonces cuando Raquel entró. La miró acostada de lado, sudando a pesar del frío y sus ojos se dilataron pues, aunque ella nunca había parido, había estado cerca en los partos de su mamá y sus tías. Le dijo a María Aura que no se preocupara, que iba por ayuda, pero al encaminarse a la puerta, llegó Isabel. Como de costumbre frunció el ceño. Le dijo a Raquel que pusiera agua a calentar en el fogón de atrás, y que trajera un mecate gordo. Luego, se sacó la enagua de manta que usaba debajo de la falda de flores y la hizo pedazos. Ayudó a María Aura a incorporarse, colgó el lazo de la viga con ayuda de Raquel y la sentó en cuclillas.

—Ahora sí, negrita, ¡le vas a pujar con harta juerza! Agárrese —le dijo mientras acomodaba su reboso al rededor de la panza de María Aura, a manera de cinturón. Afuera de la carpintería, el rebaño de Raquel esperaba, balando fuerte, como si presintieran que algo especial estaba ocurriendo.

María Aura, colgándose del mecate, pujaba con todas sus fuerzas y mientras lo hacía, recordaba a su madre, a Cali y a Ángel. Sus lágrimas grandes y brillantes rodeaban en sus mejillas hasta esconderse en la comisura de sus anchos labios.

De pronto, el silencio se hizo. Hasta los balidos cesaron por unos minutos. Y ese silencio enmarcado por la oscuridad de la montaña de pronto fue roto por el llanto potente de un pequeño, mulato como su madre.

José, que regresaba en el burro ya sin carga, alcanzó a oír hasta la loma y apuró el paso. Pero como el burro estaba cansado, se bajó y comenzó correr y a jalarlo.

Cuando llegó, el bebé estaba entre los trapos, en los brazos de María Aura, que lloraba y mostraba su blanca y hermosa sonrisa como nunca antes lo había hecho. José López se llevó las manos a la cabeza y, antes de que nadie viera, se limpió un par de lágrimas fugitivas.

—Es un niño —dijo Isabel, sonriendo por primera vez frente a María Aura—. Nació sano, fíjate y en la mera Navidad.

—¿Cómo se va a llamar? —preguntó José.

María Aura sólo sonrió.

Mayita

Mayita

Por Verónica Miranda

A sus tiernos nueve años, Mayita vendía chicles en los convoys del metro, los ofrecía elevando su voz lo más que podía describiendo los deliciosos sabores y la presentación.

Aproveche, señor, señora, joven, señorita, se va a llevar un paquete de chicles marca Sonric’s con los dulces y frescos sabores de: zarzamora, hierbabuena, menta y canela. No pierda la oportunidad, no son piratas. ¡Llévelos, llévelos, sólo a cinco pesitos!

La cara de la niña estaba sucia, pero era linda, tenía una sonrisa desdentada muy tierna. Llevaba el cabello lacio atado con una dona de estambre. Traía los pies desnudos, un pantalón desgastado y una playera con una estampa de Hello Kitty descolorida. A ella le gustaba observar a las niñas de su edad que iban de la mano de sus padres. Suspiraba hondo mientras cambiaba de vagón y pensaba en lo “chido” que sería tener papás y no a esas personas que se decían sus tíos, pero no eran más que unos explotadores. 

La conocí en la estación Mixiuhca del metro, ahí hacía su parada todas las tardes y después se iba.  Por eso, anoche veinticuatro de diciembre, me extrañó verla. Eran en punto de las doce y teníamos la encomienda de revisar que nadie se quedara en los pasillos de la estación. Me tocaba la guardia y no tenía prisa por terminar rápido, así es que caminé por todos los pasillos, por las escaleras de entrada y transbordo.  Los trabajadores de la limpieza aún no hacían su llegada, puedo decir que hice mi rondín únicamente con el ojo vigía de las cámaras de seguridad.  Caminé por el andén y me percaté de que en la escultura de piedra que está precisamente a la mitad, ahí, debajo de la imagen que representa a una mujer recibiendo a un neonato, ahí estaba en posición fetal la pequeña Mayita. Dormía profundamente, pero la tuve que despertar. Brincó del susto y corrió en busca de la salida, la seguí mientras le decía que ya estaba todo cerrado, pero que daría parte a mis compañeros para que la llevaran con sus padres. Ella me explicó que no tenía padres y que sus “tíos” la iban a regañar muy feo por no llegar a casa. Escuché un ruido y mi instinto me hizo voltear y la perdí de vista. Fueron unos segundos, no sé cómo pasó, la niña se había escapado, al menos eso pensé. Me tomó media hora más y entre los monitoristas y dos compañeros no la localizamos. Dimos parte y salimos a cubrir nuestro turno.

Hay muchas historias de vidas que suceden en el metro: están las de los suicidas, los lanza objetos, los rateros, los esquizofrénicos, los vendedores y un largo etcétera que no acabaríamos nunca. Pero la historia de Mayita se quedó en mi corazón… Sucedió que esta tarde, después de entregar mi turno, tuve oportunidad de ver las grabaciones de las cámaras de vigilancia, ahí estaba Mayita en grabaciones de días pasados, cuando llegaba a la estación Mixiuhca del metro y se recargaba primero en la gran estatua, después acariciaba la figura maternal y al final se recostaba en el piso hasta que alguien la despertara o bien, ella misma “desaparecía” por decirlo así.  Me las han mostrado varias veces y no les hago entender lo que yo mismo presencié y que ante las cámaras se difumina, se pierde.

Sucedió algo que mis ojos se negaran a decir que lo vieron, o al menos que no fueron producto de una alucinación.  En Navidad abrimos la estación a las siete de la mañana, pero vamos revisando desde una hora antes que todo esté bien. He sido testigo de un milagro. Encontré a Mayita. Claramente la vi parada frente a la estatua y acarició de forma tierna a la mujer de piedra y fue entonces que aquella escultura tomó forma y vida para levantar a la niña hasta su pecho, darle un beso de amor y posarla con ella en esa imagen pétrea. Allí están, son como madre e hija, son la forma de vida que el escultor quiso expresar con sus delineados, son la imagen sensitiva de esta ciudad. Quién sabe si Mayita baje mañana a vender sus chicles en los trenes del metro, ya la estuve llamando pero sólo la veo sonreír con su dentadura chimuela dibujada en la piedra de la estatua de la estación Mixiuhca del metro.

Blanca Navidad

Blanca Navidad

Por Marcia Ramos Lozoya

La noción del tiempo a veces hace estragos entre lo que he amado y el tiempo que he perdido colocando cada esfera, dándole sentido a los doce meses que pasaron y comprobando que aquel viejo propósito se ha derrumbado como nuevamente la estrella que justamente ha caído de la punta del árbol. Pensé que un abrazo sería suficiente para unir en un lazo, la orfandad entre un padre y su hija, pero yo sabía que no.

—Es que se lo dije, se lo dije mil veces.

—Pero, escucha a la niña.

—¡No ves que es toda una mujer!

—Le dije que no me causara problemas, ¡carajo! yo la recomendé

—Ya te dijo que no fue su intención.

—Es que nunca es su intención.

Con esas últimas palabras, cogí mi maleta y me alejé lo más que pude de casa. Cada navidad iba con la incertidumbre, el miedo en el temblor de las rodillas y la mirada sostenida en el pavo que hace mucho no disfruto. Como negarle a mi madre la asistencia de su única hija a la cena de navidad. Cargo con el peso de ser su único orgullo y a veces felicidad, no puedo evitar apretar los labios y no reclamarle a mi padre que me trate así. Aunque entre con un abrazo a su casa como una bandera blanca en medio de la guerra.  

—Hay que guardarle al Sr. Hernández, no olvides el relleno y los romeritos.

—Pero ¿no le vamos a dar a tus hermanas y tus sobrinos?

—No, ellos hicieron su propia cena.

—¿Y qué hay del señor que te ayudó a arreglar el carro?

—No, mujer, entiende, esto es para mi jefe.

—Es que no sé si va a alcanzar, quiero que Gloria se lleve algo.

—Todavía… Después de la vergüenza que me hizo pasar. Es que me parece increíble.

—¿Qué es increíble?

—¿Cómo trataste al Sr. Hernández? Es que no parece que te crié junto con tu madre.

—Quizás aprendí del mejor.

—Controla a tu hija, porque yo creo que ni mía es.

—Ya me voy.

—No, mija, espérate. Ándale.

—No, creo que aquí no soy bienvenida.

—Pero, es tu casa.

—Mi casa no es, es de tu esposo y de su jefe.

—Esta chamaca parece que no le pagué sus estudios.

Madre se enjuaga las lágrimas derramando Axion en cada plato y cubriendo el coraje con el estropajo. Dice que la comida mucho tiempo pegada se vuelve cochambre y que hay que tallar bien, borrar todo y acomodar cada plato limpio. Repite que sucio es mejor que se quede remojando y guarda silencio. La ayudo a secar, me toca el hombro y me pide que lo perdone. Pero, yo no puedo, no quiero y no debo.

Es que mi padre no entendió cuando le expliqué que cuando salí de la oficina, su jefe me dijo que me daba “raite” y que al cabo ya sabía dónde vivía. Para no ser grosera, accedí y mientras miraba como el semáforo cambiaba de color en completo silencio, su jefe puso su mano sobre mi pierna. La cual yo retiré y jaló de mi mano para ponerla sobre su pene flácido. “¿Qué no te gusta?” dijo, mientras me mostraba sus dientes en una larga sonrisa. Di un grito hondo y saqué la navaja que tenía en mi bolso por cualquier cosa porque a veces ser mujer se trata de que cualquier cosa mala te puede pasar. Le di una puñalada en medio de la mano y me bajé corriendo. Al día siguiente, mi padre me marcó furioso y reclamó que estaría endeudado por mi culpa.

Años después, mamá llama por teléfono para invitarme a pasar la cena a su lado hasta dijo que podía llevar a mi novia. Entonces, comprendo que mi padre ha muerto y que es una blanca navidad.

Tamales de carne enchilada

Tamales de carne enchilada

Por Fernanda Meraz

Veo a Yola sobre sus rodillas, empinada en una tina grande que reposa en el piso. Bate a mano la masa de maíz. Pienso que el homenaje se pasa de dramático. ¿Qué buscará con esa devoción? Una cosa es hacer tamales y otra que sean al estilo abuela villista.

Es la segunda vez en dos décadas que nos juntamos las tres a preparar tamales. Y en casa de Yola, eso es nuevo. La primera fue diez años después de que papá murió. No nos atrevimos antes. Asiduas a la cocina, es claro que no somos. Yola sí, pero lo cierto es que no prepara sus delicias para invitarnos. Debo decir para invitarme a mí. Sé que a Emma la busca de vez en cuando para verse.

En mi retórica mental, siento que Yola y yo nos amamos profundamente, pero ella prefiere quererme de lejos. Tengo un par de sospechas sobre la causa, aunque son elucubraciones mías, motivadas por mis propias culpas.

La causa que encuentro más clara es de la época en que murió papá. Ese año entre las tres asumimos los cuidados de su deteriorada salud. Padecía insuficiencia renal y en enero había sufrido una caída que ocasionó la fractura de dos costillas. A sus ochenta años durmió sentado varias semanas por el dolor que le causaba respirar acostado. Se recuperó, pero la fragilidad de su cuerpo aumentó. Debido a los cuidados que necesitaba, papá se mudó a una residencia para ancianos. Fue una decisión difícil, sobre todo hablarlo con papá. Entre todos nos esforzamos para convencernos de que era la mejor opción: tendría enfermeras las veinticuatro horas, una dieta muy cuidada, actividades de estimulación, médico especialista. ¡Qué más puedo pedir!, exclamó papá.

Todavía hoy recuerdo el lugar y lucho por expulsar la sordidez de mi memoria. Repaso todo lo bueno, como una checklist de autoconvencimiento: la sala en el segundo piso donde charlábamos; el balcón con vista al jardín en el que le gustaba que camináramos ida y vuelta un montón de veces; el jardín mismo con su gran fresno y multitud de bugambilias en donde nos sentábamos, bajo la sombrilla de la mesa blanca, algunas mañanas soleadas; la habitación con sus muebles y objetos preciados: el silloncito de lectura, los álbumes de fotos, los retratos de mamá, la cama individual, que no era la suya, con el odiado barandal (recuerdo deprimente que se ha colado entre lo bueno). Otro malo: los entrepaños del clóset llenos de paquetes de pañales, papel higiénico, toallitas húmedas y medicamentos.

Fueron meses de dedicación y cercanía con mi padre. Había echado al saco de la basura viejas heridas y resentimientos contra él. En su fragilidad lo amé como no lo había hecho antes. Y él también me amó mucho, con plena confianza y entrega.

Una embolia cerebral lo condujo al quirófano la mañana del 24 de diciembre. El día anterior había amanecido aletargado, arrastraba la lengua al hablar y sus movimientos eran torpes. Después de estudios y análisis clínicos, el neurólogo nos habló de la suerte de que el coágulo pudiera operarse. Así lo creímos. Pasamos Nochebuena en la sala de espera de cuidados intensivos. La angustia me carcomía, estoy segura que a mis hermanas también, pero nos mantuvimos bromeando, riendo al recordar anécdotas con papá y su ingenio para poner apodos. Ya en su vejez, entre nosotras a él le decíamos Suri, por la manera en que inesperadamente detenía la marcha y observaba a su alrededor como un vigía. Un auténtico suricato.

A las cuatro de la mañana, tomamos turnos para entrar a verlo. Era una criatura minúscula con la cabeza vendada y enchufado a tubos y aparatos que piaban lastimeros. Con mis manos cubiertas de latex sujeté los dedos lánguidos de su huesuda mano amoratada. Solo sentí frío. Cuarenta y ocho horas en cuidados intensivos. Dos días en la sala de espera, a ratos en la gélida cafetería del hospital. Me aparté un momento de mis hermanas para llamar a Gina, nuestra amiga y vecina de la infancia. Siempre juntas. Papá se muere, dije entre mocos y toses de llanto desbocado, creo que debes venir a despedirte. Te advierto que mis hermanas no saben, pero tienes derecho. Pasé por ella al amanecer, la dejé en la puerta del hospital y me fui. Vagué horas por la ciudad, sin rumbo. Entrada la noche regresé, mi padre había muerto.

No me ofrezco a batir la masa a sabiendas de que Yola me dirá lo mismo que mamá solía responder: tú no porque eres zurda y la cortas. Echo un vistazo a la cocina y veo que ya ha preparado varios guisos; sin carne, por supuesto. Desde hace tiempo si ella es vegetariana, el mundo también. Me pregunto cómo sabrá esa masa sin caldo de cerdo. ¿Y sin carne enchilada?, si de eso se tratan los tamales estilo Suri. En fin.

            —Yola, ¿pongo a remojar las hojas de maíz?

            —No hace falta, eso lo hice ayer. Mejor sírvenos un mezcal.

            —¡Ya vas! ¡Buah!, no hay tobalá, el que más me gusta.

            Apenas lo digo y me arrepiento.

           — A mí me encanta el espadín. Pruébalo, está muy bueno.

            —Sí, lo sé. Perdona, sonó a reclamo pero no fue mi intención. ¿No haremos los famosos tamales de carne en chile colorado? Me hubieras dicho y yo la hago.

            —No hacía falta, Emma la va a traer. Ya no debe tardar.

Preparo la mesa para envolver los tamales. Al centro el espacio para la tina de masa. Alrededor las cacerolas con los guisados, cucharas para cada quien y un par de recipientes con las hojas remojadas.

Emma entra, me sorprende que no llama a la puerta sino que usa su propia llave. Detrás de ella, Gina. ¿Gina viene a preparar tamales?, me digo, ¡qué sorpresa! Todas saltamos de júbilo, nos abrazamos y nos decimos cuánta alegría nos da volver a estar juntas.

          —Sírvenos más mezcal, Lú, dice Yola, anda, que quiero brindar por ti.

           — Y mira, no hay homenaje sin carne enchilada, dice Emma mostrando un paquete con el guiso.

            Levantamos nuestras copas y es Gina quien dice: ¡Salud! Porque estamos juntas para homenajear a papá esta Nochebuena.

El árbol de manzanas

El árbol de manzanas

Por Catalina Ishtar

 Se acercó al árbol y tomó entre sus manos la que se veía más crujiente para después girarla tres veces y separarla del tallo.

Chris podía sentir el frío navideño al acercarse a la ventana. Se levantó tarde; ese día tendría guardia. Tomó un pan tostado de la mesa, puso un poco de salsa de raíz de rábano picante y colocó la lengua entre el diente y el labio en señal de protesta al encontrar migas de pan de centeno en la mantequilla. Deslizó el cortaquesos sobre las tostadas, las aderezó con cuatro rodajas de pepinillos y se sirvió un vaso grande de leche con un 3% de grasa. Al dar un sorbo al café, notó una creciente sensibilidad en los dientes, probablemente causada por la cafeína.

—Te has terminado la leche.

—Sí, lo sé. En veinte minutos puedo manejar hacia el supermercado; mi turno comienza hasta las 7 p.m. —Salió de la casa con cuatro capas de ropa, impermeable, casco y estrenando las muñequeras que Lia le había regalado en su cumpleaños.

Durante dos décadas, recorrió en bicicleta el trayecto hacia su trabajo, memorizando cada rincón del camino hacia el supermercado. Ingresó a la escuela de policía a los diecinueve años y no existía nada que anhelara más que usar el uniforme. No tuvo tiempo de rebelarse; su juventud no había sido fácil, pero últimamente, desde la detención de ese joven palestino, sentía la necesidad de replantear lo que consideraba correcto.

A los dieciséis años, Yussef ya ostentaba una barba notablemente prominente para su juventud, pero que armonizaba con sus raíces árabes. Aunque había nacido en Lund, sus padres provenían de Palestina, confiriéndole a Yussef una identidad física y cultural marcadamente distinta. A pesar de haber venido al mundo en Suecia, cada vez que afirmaba ser sueco, experimentaba una incómoda sensación que lo llevaba a desentrañar el origen de sus rasgos. La senda de las pandillas, inaugurada por su hermano, pronto también se extendió hacia él.

A pesar de que la policía sueca tenía serios lineamientos sobre no intervenir mucho en disputas entre pandillas, Chris ese día hacía rondines por Rosengård en respuesta a una llamada de violencia doméstica, suceso típico en fechas navideñas. Las calles de uno de los barrios más peligrosos de Suecia, lleno de puntiagudas flores secas “hasthov” y ladrillos antiguos del arquitecto Thorsten Roos, servían de escenografía para mostrar el cuerpo desangrado de Yussef. Chris se acercó al chico mientras llamaba por la radio y se percató con tristeza lo joven que era.

Camino al supermercado vio cómo un coche perdía el control y chocó contra un poste, bajó de la bicicleta y corrió a ayudarlo. Estuvo ahí hasta que la ambulancia llegó, olvidó la leche en el césped de la acera y cuando regresó a casa tomó el camino corto porque quería robar una de las manzanas del árbol atemporal que su vecino tenía al frente de la casa. La escondió en su chamarra y siguió su camino.

La cena de Navidad se convirtió en una comida, ya que tenía que comenzar su turno a las 7 p.m. Era la primera vez que no pasaba Navidad con su familia y también la primera vez que la familia de Yussef no pasaba la Navidad con él.

Sentado en la mesa observando a los invitados, su mirada perdida, no quería hablar de más sobre ningún tema. Se había acostumbrado a no compartir información de su trabajo. El vino caliente navideño, el olor del arenque con clavo, cóctel de camarones, tostadas con salmón, galletas de jengibre, pan de azafrán. Escuchaba atento las historias navideñas que contaban, ¿quiénes eran esas personas invitadas a su mesa? No dejaba de pensar en el futuro que pudo tener ese chico. Lia tomó su mano, sabía cuando pretendía estar pero fallaba. Apretó su mano y se acercó un poco hacia ella susurrándole al oído:

—Hoy robé una manzana de Lars.

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