Por Aída M. Zúñiga

Fue el último diciembre contigo, un año previo a tu partida. Íbamos muy entusiasmados y contentos en el tradicional paseo que nos reunía, cada temporada, para ir al Bosque de los árboles de Navidad. Era nuestra época favorita, que iniciaba precisamente con ese habitual recorrido familiar.

Ya te sofocabas al caminar y no podías hacer grandes esfuerzos, por lo cual, me ofrecí a quedarme contigo al pie de la pequeña colina, mientras los demás corrían festivos por el sendero de pinos en busca del más grande, el más “esponjado”, el más brillante, el más oloroso, el que tuviera catarinas. Vimos cómo se perdían jubilosos entre las abundantes copas verdes, aunque la alegría de mi corazón contrastaba con el silencioso dolor en el tuyo porque ya sospechabas tu desenlace. El nieto más pequeño de la familia aún no caminaba, pero emocionado señalaba un árbol u otro, carcajeándose en los brazos de su padre.

—¡Míralo va bien contento! —exclamé risueña—. ¡El próximo año irá corriendo atrás de todos!

—Sí…pero el próximo año ya no voy a verlo- respondiste seria, melancólica, segura. Intuí a qué te referías, mis latidos se encogieron y me llené de este frío que no me abandona desde entonces.

No volví a sonreír desde el fondo de mi corazón, porque mi alma angustiada se quedó ahí, aferrada a la tuya, como para no dejarla escapar.

El grupo regresó y nos halló silenciosas, ocupadas en profundas reflexiones. Sin percatarse del drama que se cernía sobre el clan, ataron los árboles en los toldos de los carros y seguimos al mercado de artesanías, luego a comer. Nosotras convivimos con todos fingiendo que no existió ese breve momento de revelación, aunque nuestras risas eran huecas, falsas; máscaras de carnaval que ocultaban con éxito la zozobra interior.

De regreso a casa ellos parloteaban o se carcajeaban con las anécdotas de la excursión, mientras yo languidecía en el océano de lo inevitable… y tú canturreabas, como si nada, tu villancico favorito: “¡Pero mira cómo beben los peces en el río, pero mira cómo beben por ver al Dios nacido!”.

Después de Navidad, el cáncer nos tomó por sorpresa, invadió la mitad de tu cuerpo a una velocidad apabullante, sin darnos tiempo de concebir, de asimilar, que ese “monstruo”, como le llamabas, había burlado el control médico arremetiendo sin misericordia contra tus entrañas, los pulmones, los huesos y hasta el cerebro.

En cuestión de días la vida se convirtió en una pesadilla, arrojando un manto de espadas sobre nuestros hombros. ¡Maldita enfermedad que extinguía tu flama, llenándonos de vacío y oscuridad, sin lugar para el consuelo ni la resignación!

Difícil de aceptar que ya no compartirías conmigo los próximos sucesos “importantes” de la vida. Los cumpleaños de mis hijos, sus primeras comuniones, los conflictos de la adolescencia, el ingreso a la prepa y la graduación de la universidad… tantos planes segados por la guadaña mortal.

La muerte se echaba sobre ti reclamando sus dominios, sin prisa. Aspiraba tu aliento sigilosa, ávida, inexorable; tus ojos sin brillo, como espejo desgastado, no reflejaban dolor, ilusión o pena. Tu rostro siempre alegre y amable, degeneró en una mueca amarga, sin ánimos para fingir bienestar, esperanza o conformidad. A veces aletargada y, otras, enojada con la vida, con Dios, con tus semejantes, por las cosas que ya no podías hacer y por las que ya no llegarías a ver.

El deterioro de tu cuerpo fue vertiginoso, el semblante cenizo, los pómulos afilados, los ojos sumidos, y esa rara apariencia que adquiere la pupila de los moribundos, como un lago inmóvil, que al no fluir sus aguas se estancan, se vuelven turbias, opacas. Dejaste de luchar, por fin aceptaste, sin más, que debías entregarte al misterio absoluto de abandonar el ser.

El día que partiste amaneció brumoso, con una ligera llovizna, como suelen ser las mañanas de noviembre. Me miraste con una expresión de niña, un poco asustada, un poco triste, un poco desolada. Luego te serenaste, dirigiste los ojos al infinito y te dejaste ir, como una suave brisa de verano.

Lloré silenciosa por largo rato, encogida en un rincón, como chiquilla abandonada, sin consuelo. Hasta que de lejos, en un susurro, me llegó tu dulce voz entonando ese villancico y recordé nuestro último paseo juntas, nuestro último árbol de Navidad y tu felicidad, a pesar de todo.  Supe que seguirías conmigo, en todo momento, cada día, cada año, por toda la eternidad… mi adorada mamá.

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